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Una investigación de la ULL analiza los castigos de la Inquisición a las mujeres canarias

La profesora María Teresa Manescau documenta que el Tribunal del Santo Oficio en Canarias castigó a mujeres humildes con azotes, desfiles públicos y destierro, especialmente en el siglo XVIII.

Redacción14 de agosto de 2026SECCIÓN: culturaASISTIDO POR IA
Foto: Annie Spratt / Unsplash

La Inquisición en Canarias apenas ejecutó autos de fe, pero castigó a las mujeres acusadas reiteradamente de delitos relacionados con la herejía —en su mayor parte solas y muy humildes— a la pena de desfilar semidesnudas sobre un asno y ser azotadas, así como a un destierro forzoso a otra isla. Así lo expone la profesora contratada doctora de Historia del Derecho de la Universidad de La Laguna María Teresa Manescau, cuya investigación se centra especialmente en el siglo XVIII, según una entrevista con la agencia EFE.

El trabajo forma parte del proyecto de investigación nacional impulsado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades "Una historia de intolerancia: mujer e Inquisición", que tiene previsto finalizar en abril de 2027. Manescau, que ya completó la primera parte relativa al Tribunal de la Inquisición en Canarias, afronta ahora la correspondiente al de Sevilla, con el análisis de datos sobre persecución a mujeres acusadas de brujería y hechicería en el Archivo Histórico Nacional.

Un archivo excepcional

La elección de Canarias como caso de estudio se debe a que solo se conserva la documentación original de dos tribunales inquisitoriales: los de Cuenca y Canarias. En el archipiélago, gran parte de este archivo se custodia en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria, donde la investigadora indagó en los procesos contra mujeres acusadas de brujería, hechicería y curanderismo supersticioso. El propio Museo Canario describe este fondo como uno de los más completos y mejor conservados de los generados por los distritos inquisitoriales hispanos.

Hasta 1508 se desplazaban a las islas comisiones del Tribunal de la Inquisición de Sevilla. Después se creó la sede del Santo Oficio en Las Palmas de Gran Canaria, que mantuvo su actividad hasta 1834, cuando se decretó su abolición.

El trato diferenciado a las mujeres

Manescau, que realizó su tesis doctoral sobre la bigamia ante el Tribunal de la Inquisición en Canarias, se planteó posteriormente si el Santo Oficio trataba jurídicamente de forma distinta a hombres y mujeres, como sucedía en los tribunales ordinarios, que consideraban a la mujer "sexo débil" o rayando en la minoría de edad. Para la Inquisición, sin embargo, las mujeres podían testificar y ser enjuiciadas al ser acusadas de delitos como la herejía, que atentaba contra el dogma religioso.

La investigadora recuerda que, según el especialista danés Gustav Henningsen, en la mitad septentrional de la Península predominaba la brujería —los aquelarres y la entrega al demonio— y en la meridional la hechicería, la práctica de embrujos y maleficios. Esta última es la que aparece en Canarias, con la influencia portuguesa y morisca. Solo al principio del Santo Oficio se produjeron unos pocos procesos por acusación de brujería, condenados de la manera "más dura".

Manescau puntualiza un hecho: en España apenas se quemaron brujas, con un centenar de casos constatados. Aunque son una aberración con la mentalidad actual, el delito fue muy perseguido pero no se castigó con la hoguera como en el resto de Europa, donde se estima que hubo unas 50.000 víctimas de brujería.

Doce autos de fe y un tribunal "pobre"

En las islas solo hay constancia de doce autos públicos de fe durante el siglo XVI y principios del XVII en Las Palmas de Gran Canaria, en los que se ajustició a acusados de judaísmo, mahometismo y protestantismo. No fue una práctica extendida, al tratarse de una ceremonia muy costosa "y el tribunal de Canarias era el más pobre de todos".

La Inquisición se centró principalmente en las islas mayores, aunque también hubo condenados en el resto. En el caso de las mujeres, las perseguidas eran de extracción social muy humilde, prácticamente analfabetas y solas tras ser abandonadas por sus maridos o por haber emigrado ellos. Recurrían a la hechicería para sobrevivir, y los mismos vecinos que requerían sus servicios eran quienes las denunciaban si no obtenían el resultado esperado.

Según describe la investigadora, el tribunal era "sumamente garantista" para evitar denuncias por enemistad o venganza, y cuestionaba de manera indirecta a distintas personas hasta averiguar si había prácticas de brujería o hechicería. Los procedimientos eran secretos: al detener a una persona no se le comunicaba la acusación, y debía comparecer tres veces ante el tribunal aportando detalles de su vida y su familia, algo que a ojos actuales constituye una clara muestra de indefensión.

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